Dicen que ha pasado no sé qué en un país que se llama Libia, y en otro que se llama Túnez y en otro más que se llama Siria.
Al parecer la cosa comenzó con un tipo que estaba cansado de no poder dar de comer a sus hijos y decidió "protestar" haciéndose ver y haciéndose oír.
A mí todo esto me da mucho que pensar; pienso en por qué en nuestros barrios y ciudades la gente no protesta ante la injusticia, ni ante las situaciones de desconcierto e incertidumbre en que se encuentran la mayoría de los jóvenes.
Y creo que la respuesta es bien sencilla: estamos anestesiados. Es decir, aunque nos estuvieran sacando el corazón en carne viva no lo sentiríamos.
Aunque lo cierto es que una parte de mí quiere pensar que en realidad lo que sucede es que no somos de los que nos gusta hacernos ver y oír, sino que más bien, somos de los que nos disolvemos en la masa, sin que se note, sin que nadie sepa como. Somo de los que meten el hombro debajo de cada yugo y echamos una mano (un hombro en realidad) para que las cosas salgan como Dios quiere... y quiera Él que esto no sea una ilusión óptica o ingenuidad de idealista.
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