23 de enero de 2013

El bienser y la esencia: pueden que lleguen en los postres.



No hace mucho nuestro querido monarca, Don Juan Carlos I ha hecho pública en la nueva web de la Casa Real una carta dirigida a sus súbditos. Dice su majestad que “es un momento decisivo para asegurar o arruinar el bienestar”. Ciertamente.
Por nuestra parte creemos que también es un momento decisivo para adherirnos al sistema del bienser, un ideal antropológico no tan democrático -ni tan deseado- como el del bienestar, pero mucho más esencial que este leitmotiv del materialismo en sus diversas formas bien-pensantes, y no tan bien-pensantes. "No son estos tiempos buenos para escudriñar en las esencias ni para debatir si son galgos o podencos quienes amenazan nuestro modelo de convivencia". Lamentablemente, ante una buena intención, que es el deseo de la concordia nacional, Don Juan Carlos ha dicho, nada más y nada menos, "que no son tiempos para escudriñar en las esencias". Si por esencias se refiere a las pequeñas diferencias que nos separan, entonces, estamos de acuerdo; aunque no compartimos lo incorrecto de su expresión. Si por esencias se refiere a lo que las cosas son esencialmente, es decir, a aquella característica que la define, entonces, por supuesto que no estamos de acuerdo ni podemos estarlo, pues la acción humana bien orientada es puesta en movimiento y valorada con respecto a lo que las cosas son en su esencia. Conocer la esencia de las cosas es conocer su ser profundo, comprender cuál debe ser nuestra forma de relacionarnos con ellas (para no envilecerlas y para no darlas un valor superior). Precisamente el problema que se plantea con el nacionalismo más noble es la cuestión de la esencia. Y la esencia no es una fantasía literaria del algún iluminado de finales del siglo XIX. La esencia no es invención, es la verdad que palpita en la realidad. Al socaire de ello hay quienes dicen que es complicado hablar de esencia cuando nos referimos a lo español, por ejemplo, dando a entender que buscar la esencia de lo español es tarea compleja por la misma formulación del problema, o por la dificultad en encontrar un fundamento metafísico en el sentimiento patriótico. No obstante, esta observación no impide que nuestra acción no deba de estar en armonía con la verdad que reside en el ser humano, cuya esencia sí nos es de interés, mucho más que "asegurar el bienestar que tanto nos ha costado alcanzar". 

Puede que quien lea esto diga para sí: "¡Hay que ver qué mal pensados son estos del Según tu Planeta! Seguro que el rey no quiso decir eso". Permítanos animarle a leer la carta de su majestad (es breve): 


Si nuestro querido lector sigue creyendo que aquello en lo que ponemos atención no son más que un puñado de palabras que no hacen mal a nadie, le diremos dos cosas: con menos palabras y más amables es atropellada la verdad desde hace siglos; a lo sumo que llegamos es a concluir que la ideas de fondo que mueven el texto son ambiguas. Aclaración: por ideas de fondo no nos referimos a las políticas, sino a las filosóficas. ¿El rey es filósofo? Posiblemente no, pero toda declaración de intenciones (que no deja de ser un relato, sin entrar a valorar la calidad del mismo), aunque no sea pretendido, lleva por detrás una idea -aunque leve- de lo que el mundo es y, por tanto, nuestra forma de colocarnos ante él. 

El bienser y la esencia puede que lleguen a los postres, ya que el primer plato es el bienestar y el segundo una unidad sin diversidad. Por lo menos eso trasluce el mencionado texto. Por lo demás, nuestros mejores deseos para su majestad el Rey Don Juan Carlos I. 

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