Cuentan que había un monje muy anciano, que dormía en una elevada ermita de montaña. Su vida parecía bastante monótona. Saludaba al sol cada mañana, le acompañaba en su despedida cada tarde, y al caer la noche, se acurrucaba bajo la imponente cruz, sin perder el rostro del Cristo al débil reflejo de su lamparilla. Los pastores reconocían que llevados por su curiosidad le espiaban. Estaban convencidos que el monje tenía visitas nocturnas en las tranquilas noches estivales, pues oían conversaciones, y con frecuencia alegres canciones hasta el amanecer.
Sin duda el viejo era un gran conversador, hablaba de noche y hablaba de día, decían con sorna.
Visitaba enfermos y ancianos, llenando su bolsa con lo recibido, que sorprendentemente siempre se vaciaba, antes de caer el día. Sin embargo caminaba entre ellos toda la jornada, sin consumir nunca, su contagiosa alegría.
Al acercarse el ocaso, afrontaba su tarea más dura, ascender hasta su ermita. Su vejez ya no le permitía trepar con la agilidad de antaño, aunque seguía manteniendo otra de sus extrañas costumbres.
Se le veía ascender por el camino del manantial con pasos muy cortos, y la cabeza gacha. Pero a diferencia de su descenso matinal, en que se aseaba en la pequeña charca bebiendo largamente, al anochecer nunca se detenía.
Pero una tarde, sucedió lo inimaginable.
Sin duda el viejo era un gran conversador, hablaba de noche y hablaba de día, decían con sorna.
Visitaba enfermos y ancianos, llenando su bolsa con lo recibido, que sorprendentemente siempre se vaciaba, antes de caer el día. Sin embargo caminaba entre ellos toda la jornada, sin consumir nunca, su contagiosa alegría.
Al acercarse el ocaso, afrontaba su tarea más dura, ascender hasta su ermita. Su vejez ya no le permitía trepar con la agilidad de antaño, aunque seguía manteniendo otra de sus extrañas costumbres.
Se le veía ascender por el camino del manantial con pasos muy cortos, y la cabeza gacha. Pero a diferencia de su descenso matinal, en que se aseaba en la pequeña charca bebiendo largamente, al anochecer nunca se detenía.
Pero una tarde, sucedió lo inimaginable.
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