1 de noviembre de 2009

Cuando el fuego llega.

Cuando el fuego llega, arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Nunca se ha oído que el fuego perdone, que tenga piedad, que se detenga o que responda ante nada ni nadie (excepto en el caso de un tal Juan). El fuego te dice: mírate al espejo, ya no sabrás quién eres. Pasé junto a ti y te arrollé, te robé toda tu belleza y la convertí en vapores negros. El fuego insiste: déjate morir, no sirve de nada seguir. El fuego convirtió en cenizas hasta el árbol más alto y frondoso de todo el bosque. El fuego te roba, ante todo, la esperanza, que es lo que nos mantiene con vida a ti y a mí.

Es inevitable encontrarse cara a cara con el fuego. A unos antes, a otros después; pero a todos nos llega. Una cosa te aseguro: no se puede salir ileso. Pero lo que sí podemos elegir es cómo encaramos a la bestia. Puedes alzar la bandera blanca, tirarte al suelo, y ser esclavo melancólico del fuego para el resto de tu existencia. Pero también puedes plantarles cara, luchar contra las llamas aún más despiadadas contra los rebeldes. Tu rostro estará plagado de heridas que nunca elegiste llevar, pero nunca te llamarás a ti mismo traidor, porque serán esas heridas las que te liberen. Ellas cuentan cómo preferiste casi morir en vida, para salvarte más allá de la muerte
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