Dos palabras: “te quiero”. Sencillo, breve, contundente. En ocasiones ni nos atrevemos siquiera a susurrarlas y, como mucho, terminamos escribiéndolas de la forma más abreviada posible (al final de algún sms o de un correo electrónico), no vaya a ser que parezca que estamos diciendo lo que estamos diciendo. Pero es necesario expresarlo. Y aunque se haga de forma cutre, estas dos palabras producen escalofríos.
Las palabras más importantes se escriben con pocas letras y tienen pocas sílabas. Babá, abba Father, padre. Son fáciles de pensar y de decir pues, hasta los más ignorantes tienen derecho a dirigirse a su padre. O de hacerle saber a una chica que le gustaría compartir su vida con ella. “Te quiero”. ¿Fácil de decir? Si. Y no. Me parece a mí, no lo se, que si llamásemos papa a cada hombre que tuviera un parecido razonable con nuestro padre o con el que alcanzásemos cierto grado de confianza, la forma que nosotros tenemos de referirnos a él perdería su significado. Lógicamente la relación con nuestro padre también se deterioraría. Podré llamar padre quien me apetezca, aunque no lo sea. Quizá sea la sencillez que posen las expresiones más sublimes de nuestro ser lo que hace que tiendan a envilecerse cuando son utilizadas sin cuidado. Dicen que para conquistar la libertad antes hay que ganar la batalla del lenguaje y liberar al mismo de su secuestro. Por lo general los secuestros exigen un pago para liberar al rehén. El problema del lenguaje es que muchos no sabemos quien lo ha secuestrado y por supuesto no ha dicho cuanto nos va a costar el rescate ¿Llamamos a los S.W.A.T.?
Las palabras más importantes se escriben con pocas letras y tienen pocas sílabas. Babá, abba Father, padre. Son fáciles de pensar y de decir pues, hasta los más ignorantes tienen derecho a dirigirse a su padre. O de hacerle saber a una chica que le gustaría compartir su vida con ella. “Te quiero”. ¿Fácil de decir? Si. Y no. Me parece a mí, no lo se, que si llamásemos papa a cada hombre que tuviera un parecido razonable con nuestro padre o con el que alcanzásemos cierto grado de confianza, la forma que nosotros tenemos de referirnos a él perdería su significado. Lógicamente la relación con nuestro padre también se deterioraría. Podré llamar padre quien me apetezca, aunque no lo sea. Quizá sea la sencillez que posen las expresiones más sublimes de nuestro ser lo que hace que tiendan a envilecerse cuando son utilizadas sin cuidado. Dicen que para conquistar la libertad antes hay que ganar la batalla del lenguaje y liberar al mismo de su secuestro. Por lo general los secuestros exigen un pago para liberar al rehén. El problema del lenguaje es que muchos no sabemos quien lo ha secuestrado y por supuesto no ha dicho cuanto nos va a costar el rescate ¿Llamamos a los S.W.A.T.?
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