10 de mayo de 2010

Fiestas patronales

Rara vez nos ponemos en marcha para hacer algo que no sea para nuestro propio provecho. Con una sonrisa prestamos lo que sea a un compañero de pupitre o de despacho, si nos resulta simpático. Con muy pocas ganas lo hacemos, si es ese otro que no nos hace tanta gracia. Tardamos segundos en cogerle el teléfono a quien es agradable, sensible, encantador. Cuántas razones tan adultas, tan maduras, tan hipócritas, para colgar a quien nos llama inoportunamente; aunque es inoportuno más porque no es quien mejor me cae que por la hora o el momento en el que llama. Con mucha razón dice el dicho: “Haz el bien y no mires a quién”... Pero, ¿es que alguien no mira a quién?
Sé de gente que hace favores, pero tiene un límite. Las sonrisas, las buenas maneras, los “claro que sí”, los “ahora mismo” tienen un límite. Los “yo me hago cargo”, los “no te preocupes” se acaban. Incluso en nosotros mismos: ¡cómo notamos cuándo nos falta el ímpetu inicial de los “buenos propósitos”, y nos quedamos en el regusto quemado y viejo del “por puños”! Pero, ¿es que nunca podrá haber algo más que buenas maneras y formalidades? ¿Todo serán intereses muy propios y muy privados, camuflados de generosidad y humanismo?
NI HABLAR. Sé de uno que no vivió así, que no murió así, que se dio a sus amigos y a cuantos de verdad le necesitaban sin medida, hasta que no pudo sino partirse a sí mismo, y repartirse a los suyos. Sé de uno que hace posible la entrega de unos novios que se aman, el servicio de las religiosas que están amando hasta el extremo en los tugurios de la periferia del mundo, o el perdón de los que son asesinados injustamente por razón de su fe. Sé de uno que sostiene el abandono confiado de los misioneros que lo dejan todo para irse a vivir con los más desfavorecidos de la tierra, la generosidad inexplicable de los mártires, la verdadera hospitalidad de los más sencillos –que a penas si tienen para ellos mismos-, la paciencia y el buen humor de los enfermos que cargan inmensas cruces sin perder la sonrisa de los labios, o la fortaleza de tantas madres, de tantos padres, que crían a sus hijos con el sudor de su frente, con el ardor de su alma, con el vigor de su fe.
Estamos en fiesta por uno que no ha vivido para sí mismo, sino para que tú y yo tengamos vida y la tengamos en serio. Estamos de fiestas, porque queremos pensar más en los demás que en nosotros mismos, y salir a los cruces de los caminos a gritar a los peregrinos de estos barrios: ¡Alzad la vista, mirad al cielo, se acerca vuestra liberación! Hay un lugar del que nace continuamente el verdadero amor. Hay una fuente inagotable de este amor que llega hasta la locura. Y esta fuente es el corazón de este hombre que está vivo, que sigue bombeando incansablemente amor y más amor. Sin medida. Para que yo pueda coger el teléfono al amigo inoportuno, prestar mi mejor atuendo, responder siempre con luz en el rostro y sin cara de cansancio.
Estamos de fiesta, esta fuente está abierta siempre. Tú también puedes venir y verlo. “VEN Y VERÁS QUE SOMOS TU FAMILIA”

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