Si hay algo que podemos afirmar con total seguridad acerca de cosas como los años, los exámenes, las clases o el trabajo es que empiezan. Ya no podremos decir nada sobre cómo se van a desarrollar pero es seguro que empiezan. Y además es inevitable. Pero es como quien acude a embarcarse en una travesía que tiene que salir de forma urgente un día concreto, por muy agitado que esté el mar. Una vez en la cubierta del navío, contempla cómo va dejando atrás el puerto y todo lo que ha vivido antes de aquel día. Para siempre, porque jamás volverá allí. Pisará otros puertos, pero nunca más ése… Y ahora, ¿qué? Lo más sensato sería coger el timón y concentrarse en el viaje. Antes de nada, ¿adónde va? Si tiene claro el destino, el viaje será mucho más fácil, aunque debe esforzarse por no perderlo de vista y no dejarse distraer por las islas que hallará en el camino y que pondrán a prueba su vocación. Y con esto ya no hace falta nada más, el viaje será un éxito. Nuestro amigo ya puede relajarse y echarse un traguillo de ron.
¿Seguro? ¿No te parece que nos olvidamos de algo? A ningún marino del siglo XVI se le hubiera ocurrido nunca salir al ancho mar sin una brújula. Ahora los aparatos que se utilizan son más “complejos”, pero tienen la misma función: orientar. Y orientarse es establecer la posición de uno con respecto al Oriente, lugar donde nace el sol y donde se suponía en aquellos tiempos que Dios había plantado el Jardín del Edén. En nuestra mentalidad, hablamos más bien del Norte como punto de referencia, pero en el fondo queremos decir lo mismo. Necesitamos tener algo siempre presente, un punto, una dirección, un sentido en torno al cual gire todo el viaje. Y necesitamos la brújula como una ayuda que nos diga cuándo mantener el rumbo y cuándo cambiarlo porque nos hemos desviado ligeramente o porque nos hemos confundido de ruta del todo.
Si aprendemos esto y nos dejamos guiar por la brújula, pronto descubriremos por qué a veces nos da la sensación de que no somos nosotros, sino el mismo Norte u Oriente, la misma brújula, la que con nuestra ayuda lleva el timón de nuestra vida. Si no, siempre podremos cerrar la brújula y tomar el rumbo que nos dé la gana… Con riesgo de no llegar a ningún sitio.
¿Seguro? ¿No te parece que nos olvidamos de algo? A ningún marino del siglo XVI se le hubiera ocurrido nunca salir al ancho mar sin una brújula. Ahora los aparatos que se utilizan son más “complejos”, pero tienen la misma función: orientar. Y orientarse es establecer la posición de uno con respecto al Oriente, lugar donde nace el sol y donde se suponía en aquellos tiempos que Dios había plantado el Jardín del Edén. En nuestra mentalidad, hablamos más bien del Norte como punto de referencia, pero en el fondo queremos decir lo mismo. Necesitamos tener algo siempre presente, un punto, una dirección, un sentido en torno al cual gire todo el viaje. Y necesitamos la brújula como una ayuda que nos diga cuándo mantener el rumbo y cuándo cambiarlo porque nos hemos desviado ligeramente o porque nos hemos confundido de ruta del todo.
Si aprendemos esto y nos dejamos guiar por la brújula, pronto descubriremos por qué a veces nos da la sensación de que no somos nosotros, sino el mismo Norte u Oriente, la misma brújula, la que con nuestra ayuda lleva el timón de nuestra vida. Si no, siempre podremos cerrar la brújula y tomar el rumbo que nos dé la gana… Con riesgo de no llegar a ningún sitio.
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