13 de octubre de 2009

Somos corazón.

No somos un reloj que mira los segundos pasar a la espera de que aquello con lo que soñamos llegue sin más, sin buscar ni luchar, esperando a que llegue con tan sólo contar los segundos que han pasado desde que empezamos a anhelar. No somos un ovillo de células humanas bajo un edredón, preguntándonos qué hacer con tanta célula regalada, y, al fin y al cabo, deseando guardar todo lo que poseemos en el núcleo atesorado del ovillo, donde nadie pueda alcanzar. No somos el perro y el gato, y el ratón también, donde el perro no hace más que perseguir al gato huidizo, pero al final se conforma con entablar persecución con el ratón, más fácil de cazar.

Simplemente, y por mucho que se complique tu existencia: somos corazón. Haber elegido otra especie antes de nacer; que por mucho que cierres tus ojos para visualizarte como reloj, perro u ovillo sigues siendo corazón. Como si fuese tan malo. Creo que es lo mejor que se puede ser en la vida: corazón. Que lo único que se te pide es sentir, gozar y sufrir con el amor, darte cuenta de que vale la pena seguir, de que vale la pena luchar.

¿Que te desangras por el camino? No pasa nada, todo esto estaba previsto. ¿Que no se te da bien esto de ser un órgano que late para amar? Te estás timando, la realidad es que niegas tu capacidad de amar intrínseca como corazón... Tienes tanto miedo a desangrarte...Tampoco te inquietes, porque la vida de un corazón tiene garantizada un final feliz. La ley cardiaca estipula que para cada corazón existe otro gemelo por el que te desangras felizmente, por el que estás dispuesto y te merece la pena ir latiendo a cien mil por hora todos los días de tu vida...y dándole todo cuanto tus cardiomiocitos son capaces de entregar. Ya puedes ir probando ritmos, frecuencias, ya puedes ir compartiendo tu sangre, haciendo mil transplantes a ver si eres donante compatible...porque ni el miedo, ni la pereza ni la complicación cambia un latirán felices y comerán perdices.

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