Hoy querría dar la bienvenida al club de los pringaos a aquél que inventó las palabras. Porque sólo a un idiota se le podía ocurrir que unas trazas pintadas en un papel podían expresar la maraña única, confusa, borboteante y llena de fuego que hay en nuestro interior. A la humanidad nunca le fueron las convenciones, las planas frases jurídicas, los balances económicos tan absurdos, las ecuaciones absolutas (que jamás lo fueron), o los axiomas filosóficos imperturbables. ¿Alguien me puede explicar cómo un sentimiento pasa de ser algo escondido a algo leíble y audible? ¿No sería todo más fácil si pudiera abrirme en canal ante ti y mostrarte el contenido de mi ser?
Al final, son las propias palabras las que crean malentendidos. Porque todos sentimos, pero en el momento en que abrimos la boca le ponemos nombre a algo innombrable, y haciéndolo, desvirtuamos el verdadero impulso, la verdadera fuerza del sentimiento. Dice más una sola lágrima que mil 'estoy triste'; dice más un sollozo y llanto incontenible que un 'estoy demasiado herido para que me mires'; dice más una caricia silenciosa que un 'estoy ahí para lo que quieras'; siempre dijo más un abrazo verdadero que mil 'te quiero'.
Sin embargo, utilizo las palabras para poner a caer de un burro a la palabra, el logos, puente entre nosotros. Y si no fuera por ellas, ni siquiera este incendiario comentario acerca de las mismas te seria asequible ¿qué hago? ¿Me hecho a llorar? ¿Te pongo caritas? ¿Filmo una película de arte y ensayo? Quizá lo mejor sería aprender a hablar para que todos los miembros y miembras cibernéticos me entendieseis.
Hoy, también me gustaría dar la bienvenida al club de los pringados a aquel que secuestró el lenguaje y no nos permite pensar. Porque sin palabras, ya me dirás tú como piensas ¿No será que una parte de ti es incomunicable, incluso con las mejores palabras? Cuesta más, pero sólo eso nos hace libres.
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