El respeto por nosotros mismos es la puerta que nos abre al desierto. Respetar nuestras limitaciones, sean de salud, por la edad, por los miedos, por la inmadurez, es respetar a una obra bien hecha de Dios. El Hijo se internó en el desierto con el ayuno de baños de multitudes, de diálogos con los demás, de enseñanzas al pueblo. Ayunó de todo eso para estar disponible sólo para el Padre, de una manera temporal, durante el tiempo que él quisiera. Su respeto por sí mismo, como Hijo de un Padre que lo envía a un mundo que no es el mundo ideal de concordia, justicia y libertad, le ayudará a situarse como ser humano en medio de los humanos, escuchándolos, como escucha la voz del Padre en la soledad del desierto, desde los últimos lugares, codo a codo con un vecindario de Nazaret y en un hogar de padres trabajadores y sencillos. El desierto, puerta de su anuncio y denuncia, será el lugar donde Jesús empieza a responder como hombre: el hombre que padece el hambre y la sed, que constata la ausencia de seguridades, refugios, de posiciones de poder, de títulos.
El Padre nos respeta precisamente porque nos ama, porque no manipula nuestra voluntad y nos ofrece la libertad con la que su propio Hijo permanece en el desierto, tentado, pero no acosado, sin miedo a no saber responder ante el encuentro con el mal. Dios respeta nuestros ritmos, nuestras equivocaciones, nuestros logros. Y espera. Espera también como esperamos de él el amor de cada día, el acto contemplativo de su presencia silenciosa en el pan, en la sequedad del desierto, en la alegría compartida del abrazo fraterno y el encuentro amistoso con alguien a quien esperamos y deseamos ver de nuevo.
Arsénico
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