3 de diciembre de 2009

Cuentan que había un monje (3ª Parte)

Y como un fogonazo, todo se iluminó en su mente. Él también le acompañaría. -Compartiré también Tu sed- Se dijo como quien asume un gozo más, bebería solo una vez cada día en su descenso matinal.

Pero aquella tarde algo impensable le había sucedido. Solo recordaba una inmensa satisfacción al sentir el agua en sus resecos labios. De inmediato, todavía con el rostro bajo el agua se arrepintió, pero su sed venció su voluntad.

Y todavía arrodillado cuando alzó su rostro, un profundo abatimiento le embargó y lloró por su debilidad, él también le había abandonado.

Había aliviado su sed, pero se sentía abatido por una profunda tristeza. -Señor te he abandonado- se repetía con cada paso, hasta que desconsolado penetró en su ermita.

Otras noches, al llegar bajo el dintel de la ermita, elevaba ansioso su última mirada al cielo, y le parecía ver una rutilante estrella, que con sus brillantes destellos respondía a su ofrecimiento. Sin embargo esa noche no elevó su mirada al cielo. ¿Para qué, si le había fallado?

Pero los hombres somos esclavos de nuestras rutinas, y quizá por ello, tras una breve pero intensa lucha interior se armó de valor, volvió sobre sus pasos y lentamente sus ojos nublados por las lágrimas se elevaron.

Una y otra vez se los restregó para aclararlos, y… ¡Sí Sí! ¡Era cierto! Esa noche también le respondieron ¡Pero no era una, sino dos maravillosas estrellas, las que se destacaban en el cielo!
¡Y al fin lo entendió! ¡No era el dolor, ni el hambre, ni la sed! ¡Él sobre todo quería… su amor!

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