15 de noviembre de 2009

Cuentan que había un monje (2ª Parte)

De regreso a su ermita, ascendía con especial fatiga, cuando se detuvo para retomar aliento junto al manantial. Su rostro ya no sonreía, se le veía muy cansado. Aquel día de verano, había sido especialmente caluroso.

Los que regresaban con su ganado, con asombro, le vieron hundir su rostro en el agua largo tiempo. Aquel viejo debía tener mucha sed, comentaron entre bromas. Era evidente que sabían muy poco del anciano monje.

Aunque no le gustaba mirar atrás, en ocasiones revivía sus años mozos, cuando desbordante de energía nada se le oponía. Pero ahora todo era diferente, su vida ya no le pertenecía. Hacía años que su vigor se extinguió y solo vivía apoyado en Él, con Él y para Él.

Ahora se sabía débil e incapaz. Aunque saberse siempre acompañado le hacía vivir intensamente. No apetecía más.

En sus meditaciones nocturnas, imaginaba, que su amistad con Él, debía refrendarla del único modo a su alcance, compartiendo. Y se dijo que haría con Él, igual que con las buenas gentes, con los que compartía todo cuanto recibía.

Pero, ¿qué podía dar él, al Amo, a su Señor? La primera vez que tuvo esta idea, sus propias carcajadas por lo espontaneas, le sorprendieron. ¿Quién nada tenía, quería regalar algo a su Señor? Pero rumiando su loca idea, fue como incorporó nuevos hábitos a su vida.
Había aceptado el dolor despreciándolo hasta perderle el miedo, ofreciéndoselo a quien lo conocía en grado sumo. Había combatido su hambre hasta alejarla de sí, como ofrecimiento a quien ayunó cuarenta días.

Estando con Él nada le era difícil de lograr. Pero una noche, reviviendo de nuevo la cruel agonía de su Señor, la boca abierta del crucificado, le recordó... ¡Tenía sed!

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