Salir a la calle es como entrar en un campo de batalla de bombardeante información. Curiosa es la variedad de la misma: hace no mucho murieron 300 en un accidente aéreo, hoy tenemos un dos por uno en Carrefour y mañana se acabará el mundo por el cambio climático. Aún así, la respuesta del que recibe estos datos parece nula. Todos caminamos por el mundo en busca de un mensaje que parece no llegarnos, y que se difumina por la presencia de miles de ruidosas y visualmente contaminantes piezas de información.
¿Pero qué es lo que anhelamos oír? ¿Lo oímos? Sentimos la necesidad de un mensaje explícitamente para nosotros, alguien que nos hable de tú a tú, y se preocupe por nosotros no como integrantes desconocidos de una masa social, sino como individuos únicos. No se trata de egoísmo, sino de un deseo de que se reconozca nuestra existencia, de que alguien la ame. Por eso, y aunque resulte sorprendente, ni siquiera las tragedias evocan respuesta en nosotros: nos es imposible sentirnos parte de la humanidad y de sus problemas, si nadie nos ha dicho que somos humanos, si no hemos recibido el mensaje principal y esencial.
Lo habitual, aunque pocos lo reconozcan, es tirar la toalla sin esperan oír nada en el maremágnum de tontería. Tan sólo hay que salir a la calle y observar: apatía, algunas personas parecen estar desconectadas de su propio cerebro y otras sucumben ante la idiotez mundial. Hay gran variedad de métodos de defensa, a cada cual más ridículo y mas deshumanizante. Pocos piensan, sin embargo, que por tratarse de un mensaje tan importante, lo mismo no se grita a los cuatro vientos, sino que es susurrado para que sólo aquellos verdaderamente deseosos de oírlo puedan hacerlo. Muchos nos rendimos antes de darnos de cuenta de esto. Otros recibimos el regalo tan precioso de oír ese ‘te amo, criatura’, regalo porque si por nuestra paciencia fuese, ya habríamos desistido de escuchar hace mucho. En realidad, sólo hace falta una cosa: querer oír. Mensajero no falta nunca.
Excelente reflexión. Felicidades
ResponderEliminar