Hace más de 2400 años, la civilización griega, a la que tanto debemos, se encontraba en un momento de máximo esplendor. Corría el siglo V a.C.: la construcción del Partenón, el “Discóbolo” o las tragedias. Y, por supuesto, el siglo de los grandes filósofos que pusieron los cimientos sobre los que se ha levantado el enorme edificio de nuestra “cultura occidental”. Un momento de la Historia repleto de logros humanos a todos los niveles, una época de confianza en el hombre y en sus obras, un mundo en el que todo parecía salir bien sólo con proponérselo. Y, sin embargo, el ciudadano griego del siglo V a.C. confiaba en sus dioses más que nunca, construía, componía y creaba para ellos, agradecido, porque los habitantes del Olimpo parecían estar de su lado y sin intención de abandonarlo por el momento. ¿No resulta sorprendente?
¡Qué molestas son las contradicciones! Nos inquietan, nos hacen pensar que no tenemos el control sobre el mundo que nos rodea y esto se nos antoja tedioso, difícil de soportar. Por ello, desconfiamos de todo lo que se nos presenta como contradictorio y huimos para refugiarnos al amparo de las cosas que nos parecen más ordenadas y razonables, claras como el agua, sin misterios. Sin problemas. Sin embargo, no nos damos cuenta de que, curiosamente, aplicando la fría lógica a todo y dudando incluso de lo más evidente, lo único que conseguimos es aumentar el campo de la incertidumbre e introducirnos en un círculo sin fin, cada vez más oscuro y nebuloso, cada vez más desordenado. Enigmático, que no misterioso. Y los enigmas no se contemplan, se resuelven, a diferencia de los misterios.
Como decía Chesterton, en su Ortodoxia: “El único secreto del misticismo es éste: que el hombre puede entenderlo todo merced a la ayuda de todo lo que no entiende”.
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9 de mayo de 2009
Contradición y misterios.
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