Todos padecemos de ceguera. Ciegos nuestros ojos y turbios y enfermos y cansados. Estos ojos nuestros ven las cosas, quizá demasiadas. Vemos cosas, objetos, máquinas. Vemos llagas, lágrimas, pobrezas. Vemos riñas, esclavitud, degradación. Estos ojos nuestros han visto también muchas cosas buenas. ¡Podemos recordar tantas maravillas! tantos gestos limpios y gratuitos, a tanta vida que nace, a tanto amor que crece, a tanto esfuerzo que crea, a tantos horizontes hacia los que se camina. Pero podemos seguir afirmando nuestra ceguera. Vemos muchas cosas, es verdad, pero se nos escapan las más importantes. No ven el corazón de las cosas, el corazón de las personas, el misterio de la vida. Para ver el corazón no son suficientes nuestros ojos. Ni son suficientes los grandes telescopios o los grandes microscopios. Con ellos seguimos viendo cosas, materia, apariencia, pero no vemos el corazón. Para ver el corazón se necesitan otra luz y otros ojos, los ojos del corazón. “Sólo se ve bien con el corazón”. Las cosas son signos, hay que captar el significado. Tampoco conocemos a las personas; es claro que nos fijamos en las apariencias. A veces, cuando nos dejan. hablamos de sus valores. Pero ¿qui6n valora hoy a los pobres, a los niños, a los ancianos, a los deficientes? Se necesita tener los ojos del santo para ver en todos ellos un sacramento de Cristo. La vida es sacramento, pero nos quedamos en los accidentes: un poco de pan, pero sin captar la presencia de lo divino; un objeto, un regalo, pero sin captar la presencia del amigo; un objeto, una persona, pero sin captar su dignidad inapreciable; un fracaso, un sufrimiento, pero sin captar el valor liberador de la cruz; una sonrisa, una alegría, pero sin captar el dinamismo de la gracia. Lo verdaderamente importante se nos escapa, como se nos escapa la gracia del detalle, el valor de las cosas pequeñas. Venga a fijarnos en las grandezas y no vemos la importancia de las cosas sencillas, esas cosas que son el tejido de nuestra vida. Queremos ver a Dios, como Elías, en el fuego, en el terremoto o en el huracán, y no se daba cuenta de que Dios estaba en la brisa.
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